mi cartera,
pareciera,
de la calle,
la reina.
Esos ojos...
que irradian
diamantela,
si algún día,
derraman,
una sola
lágrima,
la sorberé,
como si fuera
mistela.
Pizpireta y
zalamera,
repartiendo
un poco de gracia,
en cada carta
que buzoneas.
Con tu alegría
y simpatía,
vas con tu carrito
por la calle:
-hola, doña María-
-hola, señor José-
¿qué tal doña Inés?
-ahí va la mujer-
--hola, don Felipe-
(el pescadero)
una carta de hacienda
¡vaya jodienda!
Ahora, unas cervecitas,
con los coleguitas
del barrio,
por hoy, se acabó el trabajo
.
Durante un tiempo por el barrio hubo una cartera joven y muy simpática -que daba alegría a todo el mundo- cuando terminaba su trabajo venía a donde Vicente a tomarse unas cervecitas con nosotros y hablar (era muy dicharachera). Por aquella época yo estuve pintando el garaje donde guardo la furgoneta, que está enfrente de Vicente y todos los días si yo estaba trabajando venía a verme y aunque estuviera yo en el andamio ella se subía a darme un beso y de ahí el escribir el poema y que fuera mi cartera preferida (los demás se morían de envidia) no lo hacía con todos. La cambiaron de zona y le perdí la pista. De esto hará unos 8 años, aproximadamente en el 2000.
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